Diciembre 24, 2012 12:20 PM

Nicolás Guerra

 

David Kepesh es un joven norteamericano, judío, con ascendencia húngara. A los dieciocho años se matricula en la universidad e inicia estudios lingüísticos y de literatura europea.  Mientras, lee intensamente a los grandes escritores, <<los arquitectos de mi mente>>, los llama. Y a lo largo de la novela de la que es protagonista (narración en primera persona) comenta sobre ellos (Flaubert, Genet, Mann, Tolstói, Chéjov, Joyce…). E incluso, a la manera cervantina, rompe el hilo del discurso y entra en comentarios ajenos a la trama argumental, digresiones que le permiten hablar de Kafka a lo largo de varias páginas, de su aparente bloqueo erótico, su trato con una señora puta de Praga a la que David entrevistó y, quizás, relacionada con el relato “El artista del hambre”. Discurre sobre los espacios físicos de una zona que pudieron ser la topografía de El castillo, el uso de un adjetivo –kafkiano- cuando un profesor checo se refiere a la presencia de los rusos en el país (La primavera de Praga)...

 

Ya en el aula universitaria como profesor, David Kepesh intenta inculcar en sus alumnos el amor por la literatura, pero no a la manera tradicional (fechas, vida, obras y milagros del autor), en absoluto: todo se basa en la continuada lectura, en la comprensión del texto (el bisturí diseccionador que es la lengua), en sus contenidos e, incluso, en los porqués de estos. Pues, ¿qué son los autores sino personas con más experiencia que los alumnos –a fin de cuentas bachilleres hasta dieciocho años o universitarios veinteañeros, obviamente más interesados en las cuestiones pasionales propias de su edad-, autores, digo, con muchísima más sabiduría en las cosas de la vida en cuanto que todos murieron ya mayores? Por eso, que hablen de soledades, enfermedades, pasiones, esperanzas, desengaños, no es más que el reflejo de su propia existencia ya vivida con intensidades o lentitudes, da igual. De ahí que muchas veces miran más para la noche que para la luz de los amaneceres, tan próxima la primera, tan lejana la segunda al paso de los tiempos. Y esen esa especial sensibilidad que muestran ante los temas apuntados donde se encuentra la extraordinaria calidad de una obra, no tanto por lo que dice, sino por cómo lo dice, por su belleza descriptiva o su visión negativa, por la mirada general a la gente o por la introspección, el vistazo hacia el interior como hace Pérez Galdós cuando un personaje de La desheredada le transmite al lector en primera persona lo que está pasando por su desordenada mente, la de un pobre infeliz que se cree presidente del Senado hasta que las inexistentes gotas de mercurio la bloquean.

 

Sí, esa es la literatura (en este caso, narrativa).  Y por eso el alumno debe enfrentarse con su propio yo al texto, no puede entender la obra como algo absolutamente ajena a él, ni tan siquiera exclusivamente como un elemento estético, pura belleza formal. No, el alumno puede ocupar el lugar del personaje –en este caso, del propio protagonista de la obra, David Kepesh, profesor de literatura europea, quien a la vez se identifica con un texto de Chéjov mientras les lee a sus alumnos ciertos pasajes (algunas frases, dice, <<se me antojan alusivas a mis propias dificultades>>). Por eso debemos conseguir su participación, no puede ser mero lector, sentirá la necesidad de explicar qué entiende en ciertos fragmentos, hablará sin que se le pregunte porque ansía mostrar identificaciones o rechazos, es el caso de un párrafo en el cual el personaje se lamenta de no haber huido con la amada, tal acción le reclamaban sus impulsos.

 

Y me identifican también otras afirmaciones de David Kepesh, como cuando utiliza el primer día de clase –más bien presentación del profesor- no para pasar lista, dictar las lecturas obligatorias o hablar de generalidades. Lo que pretende desde el primer minuto es que el discente sepa cómo va a funcionar aquella clase de tres horas semanales a lo largo de los meses. Y aunque empieza a los veintitantos como profesor, en vez de tutearlos será uno de los pocos docentes que trata de usted a los alumnos. No se pretende marcar insalvables distancias entre alumno y profesor, en absoluto, aunque bien es cierto que el segundo jamás podrá ser amigo del primero por dos razones elementales: una, porque no pertenece a su generación; otra, porque es la autoridad. Lo que se consigue –conseguí- fue la autoestima de muchos discípulos, a quienes se les trataba de usted por primera vez en su vida (<<me gusta el usted porque significa que usted me respeta, profe>>). De otros, su amistad, que permanece: Cristian, Carlos, Josefín, Eduar, Franchesco, Mechu, Cira, Michelángelo, Manué, Bayardo, Alicia…

 

Pero hay más, mucho más en esta novela cuya lectura placentera acabo de finalizar. Porque descubro que ya no es solo un personaje novelesco magníficamente creado por Philip Roth en 1977. Es que, quizás por su faceta como profesor, David Kepesh es el álter ego, el otro yo, el mismísimo novelista que lo crea en cuanto que Philip Roth fue profesor. Y su experiencia directa en el aula está presente a lo largo de toda la novela. Así, experimenta una especial sensación de felicidad cuando está con sus papeles, apuntes y guiones preparando las clases del día siguiente o, como su creación literaria, los cursos sobre Chéjov, Kafka. Y por eso me iguala, porque a lo largo de mis decenios en el aula sentí sensaciones embriagadoras cuando en las tardes descubría algo nuevo, una novedosa información sobre un autor, o me recreaba Dámaso Alonso con sus exquisitos estudios en torno a las églogas de Garcilaso que yo intentaba amoldar a mi aula, a mis alumnos, con absoluta fidelidad al placer de la enseñanza.  Sí, en efecto: no hay en la vida nada que pueda compararse a un aula, así lo sigo sintiendo.

 

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Diciembre 12, 2012 02:03 PM

Manuel Ramírez

 

Decía hace años un investigador catalán que investigar en España es llorar. Para los que investigamos en Canarias y  resistimos como la vieja sabina de El Hierro, es mucho peor que eso. Hace una semana el Archivo histórico provincial de Las Palmas anunciaba a quienes acuden a diario a sus instalaciones, que debía cerrar la sala de investigación por falta de personal para atenderles, debido a los recortes en el presupuesto. Unos días más tarde, la Agencia Canaria de Investigación y Sociedad de la Información (ACIISI), creada por el Gobierno para gestionar las inversiones de I+D+I en la región anunciaba que, entre las medidas de ajuste presupuestario del año próximo, se incluía la cancelación de todas las becas de investigación concedidas en su día. Dicho en otras palabras, los mejores expedientes de nuestras universidades, que después de someterse a un proceso de evaluación extremadamente competitivo, accedieron a una beca de investigación para hacer sus Tesis Doctorales, ven cómo el Gobierno corta de un plumazo su recién iniciada carrera investigadora y los envía, directamente, a la calle. Pero no solo los becarios son los grandes perjudicados de esta drástica decisión, sino también las universidades canarias, que dejarán de recibir los fondos que, hace unos años,  les permitieron crear unas estructuras para la captación y gestión de los recursos externos para sus grupos de investigación, cuyos técnicos también deberán ser despedidos. Tanto la Universidad de La Laguna como la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria han manifestado su oposición a esta medida y están presionando para que se reconduzca la situación. Los jóvenes investigadores de Canarias también se están movilizando para frenar este disparate. Esperemos que sirva de algo.

 

Lo que Juan Ruiz Alzola, director de la ACIISI, pretende hacer es, simple y llanamente, un cierre patronal de la I+D+I en Canarias. Y, sobre todo, laminar el protagonismo de las universidades canarias en el sistema de investigación de la región. No es algo que haya empezado a hacer ahora. Lleva mucho tiempo haciéndolo. Primero fue a través de la financiación encubierta del tejido empresarial canario más afín, a través de los llamados bonos tecnológicos; después fue la supresión de los programas de becas postdoctorales y las estancias del PDI en otras universidades; después vinieron los recortes en las convocatorias competitivas de proyectos de investigación (la última fue en 2010, después de varios años sin convocarse y, desde hace dos años, seguimos sin financiación autonómica para investigar)... Estas actuaciones han venido acompañadas de numerosas críticas por parte de los actores implicados, pero a la luz de las últimas actuaciones de la ACIISI está claro que han sido de tan baja intensidad que ahora se atreve, simple y llanamente, al desmantelamiento de lo poco que quedaba en pie.

 

Mientras tanto los canarios seguimos asisitiendo al derroche de dinero público en capítulos que todos conocemos (un simple vistazo al proyecto de Ley de presupuestos 2013 permite comprobarlo) y, en materia de I+D+I,  a la bochornosa financiación pública de la Plataforma Oceánica de Canarias (PLOCAN). Para quienes no conozcan de qué se trata, les diré que es una megalomaníaca superestructura a través de cuya financiación se están tirando al mar, literalmente, decenas de millones de euros. Hace ya tiempo el tristemente fallecido Guillermo García-Blairsy denunció este disparate allí donde le dejaban oir su voz, pero sobre todo a través de su blog personal Bioironía, que muchos leíamos y que ahora, tristemente, está silenciado. ¿Qué nos falta por ver a los/as profesores/as e investigadores de Canarias para movilizarnos? ¿Qué más le queda por hacer a Juan Ruiz Alzola, bajos las órdenes directas de Paulino Rivero, para acabar con la investigación en las universidades públicas canarias? Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra?

 

Entrada original en Scripturae publicae

 

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Noviembre 27, 2012 02:09 PM

Miguel Calzada

 

“Hola, ¿cómo estás? Me llamo Daniel Johnston, estoy loco y he grabado esta cinta para ti. Algún día saldré en la MTV”.

 

No le conocías de nada, pero te le encontrabas por las calles, los conciertos y las tiendas de cómics del este de Texas. Y en rincones olvidados de Ohio y Virginia Occidental. En Chester, en Abilene. En Pittsburgh. Y en cualquier otro lugar donde se hubiese perdido toda esperanza.

 

Volvía a casa, se metía en su cuarto y grababa más cintas. A veces hacía copias de las antiguas. Otras veces cogía la guitarra y empezaba de cero, cantando de nuevo las mismas canciones. De nuevo pero no exactamente igual, variando ligeramente el tempo. Dibujaba una carátula diferente para cada casete: monstruos, superhéroes y personajes como la inocente rana Jeremías. Y cuando había terminado, salía a la calle para regalarlo todo. Él quería ser tan famoso como los Beatles, pero lo que estaba haciendo era construir una obra dispersa que iba a fascinar a los coleccionistas de rarezas.

 

De niño un médico le había dicho que estar enfermo era síntoma de salud. El doctor se refería a un leve catarro, pero Daniel se lo tomó a pecho y desde entonces necesitó estar mal para sentirse bien. Y cuanto peor estaba, mejor le iba. ¿O no?

 

Antonin Artaud fue un genio que dijo que la verdadera salud era estar enfermo. Daniel quería ser más famoso que los Beatles y grabó su primera maqueta cuando sufrió su primera crisis nerviosa. “No hay enfermo que no se haya agigantado”, decía Artaud.

 

Era 1983 y el título del casete no podía ser otro que “Hi, how are you?”. Mi nombre es Daniel Johnston y he grabado esta cinta para ti. Tres años después salió en la MTV.

 

La grabación de la MTV es una filmación-tesoro en la que un joven feliz y nervioso da un concierto antes de hacerse añicos. Nunca has visto a nadie tocar tan mal la guitarra. Mantiene el equilibrio sobre el escenario, cantando sobre un sueño y un espejo, ambos rotos, y pisando una línea imaginaria que separa lo que pudo haber sido y lo que realmente fue.

 

Ya se había hecho un nombre al este de Texas y sus actuaciones congregaban a los que querían ser diferentes. En aquella época no había nada atractivo en ser diferente, que significaba fundamentalmente ser raro, incluso repugnante. No muchos conocían el significado de la etiqueta indie, que todavía no se comercializaba bajo la forma de logos, jingles o marcas de ropa.

 

Daniel Johnston era un maníaco-depresivo que trabajaba en un McDonald’s y se ponía malo cuando cantaba delante del público. Y cuando se ponía malo, era feliz.

 

La noche en que retransmitían su gloriosa aparición en la MTV, Daniel tragó su primer ácido y dejó para siempre el mundo de los vivos. Aunque sus letanías sonaban a melancólico pop, aquella noche decidió resucitar en el universo del rock and roll, el de los pactos con el Diablo y el amor adolescente.

 

Antonin Artaud fue un genio que dijo que la verdadera creación debía ser cruel. Daniel Johnston cogió un palo y le abrió la cabeza a su mánager. Mientras le encerraban en el psiquiátrico no paraba de decir que aquello era rock and roll. Y que esa misma noche había salido en la MTV.

 

En este punto de la historia, Daniel podría haberse retirado del mundanal ruido, como Syd Barret en 1974. La mente del legendario guitarrista de Pink Floyd descarriló durante una gira por Estados Unidos. El grupo británico fue a la tele para grabar un playback. Alguien le daba al play y ellos tenían que fingir que tocaban. Pero Syd Barret se quedó colgado de aquella pantomima y lo hizo todo al revés: cuando alguien le daba al play, él se quedaba quieto; cuando pulsaban stop, él fingía que tocaba. No era rebeldía, era pura felicidad.

 

Syd Barret se retiró a la casa de campo de su familia y sacó un par de discos en solitario en los que perdió los últimos destellos. Los Pink Floyd le suplicaron que volviese a brillar como el diamante loco que podía haber sido, pero él no hizo caso y se pasó 32 años observando el lento movimiento de los astros sobre la cúpula celeste. Murió en 2006. No recordaba quién era.

 

Daniel no pudo descansar en ninguna casa de campo. Su reducido público quería más casetes, más carátulas con dibujos infantiles de patos astronautas, más canciones a medio hacer, frágiles y escurridizas como una ocurrencia que tienes durante el sueño y después olvidas. Necesitaban que Daniel estuviese mal para poder sentirse bien.

 

Cuando todos los ojos se posaban en Daniel, la locura brotaba de su interior y alimentaba a los que estaban mirando. Era un delirio nutritivo o un nutriente delirante, algo así como hacer lo que sabes que no tienes que hacer o enamorarte de la mujer equivocada. Rock and roll.

 

Se fugó a Nueva York para grabar un disco con la ayuda de Lee Ranaldo y Steve Shelley, el guitarrista y el batería de Sonic Youth, que ese mismo año publicaron su emblemático “Daydream Nation”. Una nación de gente que soñaba despierta había sido seducida por las cintas semiclandestinas de Daniel. Circulaban por la extensa geografía del Medio Oeste americano y en todas ellas una voz de niño desterrado navegaba sobre el inquietante eco de una habitación vacía.

 

Sus anfitriones neoyorquinos se dieron cuenta de que algo no iba bien. Aquel chico de camiseta sucia y sonrisa angelical no hacía más que hablar del Demonio y de la fama. Se perdía por las calles de la Gran Manzana y aparecía días después riendo como un auténtico psicópata.

 

En uno de sus escasos momentos de cordura, protegido por la penumbra de un callejón, Daniel les confesó que había hecho un pacto con el Diablo. El trato era el siguiente: el quebradizo cantautor iba a mencionar al Maligno en cada canción y a cambio Satán iba a hacerle más famoso que los Beatles.

 

No había rastro de licencia literaria en las palabras de Daniel. Hablaba en serio. También cuando decía que era la reencarnación del profeta del Antiguo Testamento, el de las visiones apocalípticas, el que fue arrojado al foso de las fieras y con su voz consiguió que los leones se hiciesen sus amigos. Hi, how are you?

 

Comprendieron que estaban tratando con un lunático e intentaron deshacerse de él, pero tardaron semanas en conseguirlo. Daniel aullaba y corría y repetía que Nueva York era la ciudad del Diablo. Cuando finalmente le mandaron a casa de sus padres, Daniel dejaba tras de sí un millar de delirios, unas cuantas agresiones y también un disco.

 

Iba a titularse “1989”, pero tardó más de un año en llegar a las tiendas y al final se llamó “1990”. El álbum es todo un esfuerzo por encajonar a Daniel en 45 minutos de confusas grabaciones atemporales. Hay canciones hechas en el estudio, retazos de maquetas y también temas en directo.

 

Una noche Daniel se fue con su guitarra al CBGB, templo fundacional del punk. Subió al escenario y tocó diez minutos antes de colapsar. En “Careless Soul” puedes escucharle llorar. Cuando el público empezaba a sentirse bien, Daniel salió corriendo. Aquella noche durmió en un albergue para mendigos.

 

Daniel Johnston, una sombra que se escapa, un guitarrista penoso que no encaja en ningún formato que no sea el suyo: “Hola, ¿cómo estás? Me llamo Daniel Johnston y ayer grabé este casete para ti. Estaba fumando en mi habitación vacía y pensé: voy a grabar este casete para ti. Hola, ¿cómo estás? Me llamo Daniel…”. De cinta en cinta y de brote en brote, recorriendo la estela de psiquiátricos, hospicios y calabozos que lleva hacia el improbable paraíso en el que habitan los santos.

 

Casto como un Petrarca, Johnston tenía también su Beatrice. Se llamaba Laura y había sido compañera de pupitre en el colegio. Solo su presencia rivaliza con la de Satanás en las letras de Daniel. Tanto el Demonio como su amor platónico aparecen en la sublime “Held the hand”, que empieza con un “Oh Dios mío, estoy tan aburrido” y termina con un icónico: “Salí por la MTV y todo el mundo me estaba mirando a mí”.

 

Laura apenas se acordaba de aquel chico enfermizo. Ella siguió con su vida y se casó con un enterrador. La mente errante de Johnston no pudo aceptarlo. No podía ser una casualidad. Era otra jugada de Lucifer, otra mano de póker mal repartida.

 

Dibujos a boli en los que se alternan Godzilla y el Capitán América, escenas bíblicas y Joe El Boxeador, un púgil que combate contra el infame Vile Corrupt mientras el Diablo hace de árbitro. Un boxeador al que han quitado la tapa de los sesos para que veamos cómo su mente se derrama en cada golpe.

 

“Hola, mi nombre es Daniel Johnston y estoy encerrado en un psiquiátrico”. Un cóctel variado de psicofármacos y cantidades ingentes de comida basura convirtieron al pequeño soñador en un viejo obeso al que le tiembla el pulso mientras hace dibujos de Casper, el fantasma amistoso. La ruina humana más profunda y avasalladora noqueó a Daniel Johnston, que se refugió con sus padres en los suburbios de Houston. Concretamente en un pequeño lugar sin esperanza llamado Waller. A la entrada del pueblo hay un cartel en el que puede leerse: “Bienvenido a una vida más limpia”.

 

Para limpiar todo el litio que ingería (y al que Nirvana dedicó otra canción sobre espejos rotos), Daniel bebía litros y más litros de Mountain Dew, una bebida gaseosa sobre la que escribió una delirante canción. Intentó vendérsela a la marca para que la utilizasen en sus anuncios, pero los chicos del marketing aún no habían descubierto que ser  diferente suponía vender más. Le dijeron que no, que los locos malolientes como él no podían ni debían salir por televisión. “¡Pero yo salí en la MTV!”, respondió Johnston.

 

El Mal siempre cumple lo que promete. Daniel se convirtió en un mito para la Generación X, esa etiqueta que las marcas empezaron a usar cuando decidieron comercializar la derrota bajo la forma de logos y jingles. Kurt Cobain recorrió el mundo vistiendo una camiseta de la inocente rana Jeremías y en 2005 un documental sobre la desastrosa vida de Daniel ganó el primer premio en el festival de Sundance. El Diablo le había hecho famoso.

 

Viviendo bajo el mismo techo que sus octogenarios padres, cantando himnos religiosos junto a ellos, dibujando con el pulso del Párkinson para conseguir nuevos bocetos del Capitán América que después intercambia por cómics y discos. Los chicos del marketing compraron una de sus canciones para un anuncio de desodorantes que traiciona todo lo que Johnston llegó a simbolizar. Pero ¿qué esperabas? El chico que vendió su alma al Diablo no se anda con remilgos.

 

Ahora es una bestia de más de cien kilos, incapaz de cantar sin llorar y de llorar sin cantar. Babea mientras sueña y no puede conectar tres frases sin perderse por el camino. Pero aún vive entre el mundanal ruido y da conciertos en Europa y en Japón y en cualquier otro lugar donde se haya perdido toda esperanza.

 

El tarado que ha grabado 25 discos en 22 años, sin contar recopilatorios ni singles, vive rodeado de dibujos de superhéroes y fantasmas y boxeadores sin tapas que cobijen sus sesos. El combate con el Maligno aún no ha terminado, la apuesta sigue sobre la mesa y al final el número 7 brillará en los cielos. Al final, el amor verdadero te encontrará.

 

Louis Black, un periodista del Austin Chronicle, sabía lo que decía cuando explicó por qué la locura de Daniel Johnston resultaba importante, crucial, una cuestión de vida muerte:

 

“Es casi imposible encontrar ideas tan ásperas que no puedan ser fagocitadas por la cultura americana. Pero Daniel es inmune a esas tentaciones. A Daniel no pueden comprarle porque él no sabe venderse. No es capaz de convertirse en una persona normal. Esa es su salvación y de eso nos habla en sus canciones. Daniel siempre será puro”.

Y nosotros nos ensuciaremos con el fango que inunda las calles, los conciertos y las tiendas de cómics. Le escucharemos y comprenderemos finalmente. Veremos la luz y sabremos que cada vez que nos sintamos mal, estaremos bien. La verdadera felicidad debe ser cruel.

 

La próxima vez que oigas las excusas de un artista, sus arrogantes balbuceos al asegurarnos que él sí que es auténtico, que él sí que cree en lo que hace, que él nunca se venderá… Sigue caminando y dedica una oración a Daniel Johnston. Si le preguntaban por qué hacía lo que hacía, siempre contestaba lo mismo. Muchos se lo tomaban como una frase hecha, pero Daniel era totalmente sincero. Siempre respondía: “La música me vuelve loco”.

 

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Noviembre 19, 2012 06:21 PM

Alexis Ravelo

 

En justicia, hay que decir que todos hemos hecho el totorota alguna vez, aunque no supiéramos que esa palabra existe. Es un término que empleamos los canarios (sobre todo las madres, los hermanos mayores y las novias) para señalar la torpeza de una acción, una actitud o un argumento. Todos hemos hecho, dicho o pensado una bobería alguna vez y nos hemos ganado ese calificativo, prodigado entre bromas y veras, antes de la reprensión o la risa.

 

Pero hay totorotas vocacionales, totorotas irremediables, de esos que se llevan la palma y cuyos nombres merecen ser consignados con letras de oro en el libro tristemente infinito del totorotismo supino. Si el totorota se queda quieto y mantiene cerrada su bocaza es difícil distinguirlo del común de los mortales. Pero le basta con decir que un vertido petrolífero masivo consiste en unos hilillos de plastilina, con sostener que la maldad puede transmigrar en un órgano donado, con declarar que una mujer puede “cerrar sus conductos” ante una violación o con hacerse una foto con los cataplines de un ciervo en la cabeza poniendo una cara sonriente y sanguinolenta para entrar a formar parte de esa nómina de totorotas diversa y variada en la que hay gente de todos los sexos, oficios, edades y clases sociales.

 

Hay, por ejemplo, totorotas que dicen que abaratar el despido es bueno para la contratación. Totorotas que afirman que un matrimonio solo puede estar formado por un hombre y una mujer. Totorotas que están en contra de la educación sexual pero también del aborto mientras que, si se les aprieta un poco, no será difícil constatar que coquetean con la idea de la pena de muerte. Totorotas que defienden el derecho al trabajo únicamente el día en que se convoca una huelga. Totorotas que creen que la violencia puede resolver los conflictos o, al contrario, que la pasividad ante los conflictos también puede solucionar algo.

 

Totorotas que confunden la dificultad del acceso a la educación con la excelencia educativa. Totorotas a quienes no les importa que su vecino sea echado a la calle, que pase privaciones o pierda sus derechos, porque no son capaces de entender que ellos serán los próximos. Totorotas que saben de memoria la alineación de su equipo, pero ignoran, no ya el nombre, sino incluso el número de ministros que forman el gobierno de su nación. Totorotas que se pasan la vida poniendo a parir a los funcionarios y, al mismo tiempo se quejan de las deficiencias de los servicios y el incremento de los recibos.

 

Totorotas que creen que quien es diferente es inferior y opinan que la libertad de expresión y la tolerancia consisten en poder ejercer su derecho al racismo, a la xenofobia o la propia intolerancia. Totorotas que hacen tanto ruido en el canal que la comunicación resulta imposible. Sí, son esos totorotas que no discuten para convencer o dejarse convencer por el otro o llegar a algún tipo de consenso, porque, cosa sabida es, el totorota de casta ignora su propia ignorancia, cree que el mundo se hizo de una vez y para siempre y que él nació con todas las enseñanzas que aquel puede ofrecerle ya tatuadas en el cerebro. Así pues, un totorota genuino desconoce la etimología de la palabra “diálogo” y se apropia de términos sonoros como “demagogia”, “ideología” o “infraestructura” sin saber de dónde provienen, por qué y por quién fueron acuñados o qué significan realmente. De hecho, en cualquier argumentación un totorota de los de verdad es capaz de utilizar, como mínimo, tres modos de falacia, sin que él mismo sea consciente de ello. Y lo peor es que los totorotas se reproducen hasta la asfixia y educan a pequeños y altaneros totorotas, inoculándoles sus modos de pensar, sentir y actuar.

 

Pero no hay que quejarse. Al fin y al cabo, qué sería del mundo sin ellos, sin los grandes y pequeños totorotas que nos salen al paso día a día. Qué sería de nosotros sin los totorotas de pro, en qué espejo nos miraríamos para constatar nuestros propios errores y subsanarlos, para ser mejores hombres y mujeres y no andar por ahí haciendo el totorota.

 

Entrada original en Ceremonias

 

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Noviembre 6, 2012 02:45 PM

Xavier Aparici

 

 El término “resiliencia” tiene varios significados: en tecnología, formula la resistencia y capacidad de recuperación de un sistema a las perturbaciones; en ecología, expresa el aguante de las comunidades bióticas para soportar las agresiones; en psicología, denota la capacidad de afrontar la adversidad saliendo fortalecido y alcanzando un estado de excelencia; dentro del marco general de los derechos humanos, trata de la posibilidad efectiva de las personas a recuperar, jurídicamente, su condición de dignidad ante sometimientos a la fuerza de un Estado; en la filosofía ética, la resiliencia puede corresponderse con la virtud de la entereza y con la integridad, perfección, fortaleza, constancia y firmeza de ánimo que se le atribuye.

 

En el espacio sociopolítico, en estos tiempos que corren, donde los regímenes democráticos y los valores humanitarios sufren los embates de la tiranía neoliberal y su extorsión económica, una comunidad resiliente sería aquella capaz de neutralizar esa corrupción imperante, saliendo de ella en forma lúcida y ejemplar. Ya que nadie niega -al menos públicamente- que en los Estados de derecho son los intereses generales los que, legítimamente, deben prevalecer y que en ellos cada ser humano, por ser integrante de la soberanía política, debe ser tenido en cuenta, el objetivo a conseguir debería estar claro: la profundización de la emancipación democrática a través de la consolidación de los medios de participación, control y decisión ciudadana, y su ampliación a los ámbitos administrativos y económicos.

 

Una sociedad resiliente, requeriría, ineludiblemente, de ciudadanas y ciudadanos comprometidos e íntegros. En una comunidad donde el pueblo gobierna –que, en esencia, eso es la democracia-, contar con sus integrantes es el medio coherente para expresar el auténtico sentido del bien común y para reconducir nuestros intereses y anhelos a mayores cotas de libertad, igualdad y fraternidad.

 

Frente a la hegemonía de una concepción social uniformada que, como Erich Fromm señaló, pretende destruir toda imagen estructurada del mundo, se precisa un pensamiento libre, plural, integrador, coherente y humanitario. Para ello habrá que empezar por denunciar el ruido y la manipulación, sistemática y omnipresente, que se vierte sobre nuestras cabezas. Los potentísimos recursos actuales de los sectores mediáticos al servicio de ese autoritario sistema, reducen la ligazón de las problemáticas a una sucesión de fragmentos desprovistos de sentido de totalidad: mezclan noticias de injusticias sociales con declaraciones interesadas y con juicios de intenciones; centrando los focos de relevancia arbitrariamente, construyen un relato distorsionado del mundo donde las tragedias humanas son seguidas de las notas de sociedad, las trivialidades y los deportes. El compromiso con una actitud crítica ante este estado de cosas es, necesariamente, una condición para ser libres.

 

La pérdida de la cohesión social, el abandono del proyecto de mejoramiento general, la resignación ante el ataque del nihilismo que en nada cree y que, por ello, se abraza posesivamente a los símbolos de la riqueza más grosera, no son cuestiones menores. La indefensión y la precariedad se generalizan, hasta el momento, sin visos de reacción y afianzamiento de las alternativas solidarias y sostenibles. Y así, la  barbarie, entendida como la lucha de todos contra todos, acecha. Mientras, las instituciones políticas pro cíclicas perseveran, ahora en un ámbito globalizado, en la destrucción del tejido social y de las bases naturales para la supervivencia. Este es un peligroso callejón sin salida que hay que abandonar para dirigirnos a las amplias avenidas de la concordia. Eso sí, con resiliencia democrática.

 

Entrada original en Bienvenidos a Pantopia

 

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Octubre 30, 2012 06:21 PM

Cristina del Río

 

Como ya se habrán dado cuenta, ahora estoy escribiendo una vez cada 15 días. Aflojar un poco el ritmo me permite seguir escribiendo con ganas y sin agobios, así que espero que entiendan este cambio de frecuencia y que sigan visitando el blog como hasta ahora, incluso con más ganas si cabe.

 

La Casa Real

De tanto escribir sobre la Casa Real hay gente que empieza a pensar que soy ultra republicana (menos mal que aquí no significa lo mismo que en EEUU). Pero lo admito: es verdad que me estoy convirtiendo en republicana, pero no me consideraba monárquica anteriormente.

 

Vamos, que era una cosa que te viene dada y que se asume sin planteártelo mucho, y más viniendo de una dictadura al lado de la cual la monarquía ha sido un bálsamo de transición, (que por cierto, ya va siendo hora de ir acabando con la dichosa transición que se nos está enquistando más que el propio Franco). Sin embargo, quiero destacar que lo curioso es que quienes me están convirtiendo en republicana son precisamente los miembros de la Familia Real.

 

La última noticia de "la Casa" es que resulta que el Rey es "presuntamente" padre de dos "infantes" más. Vamos, que si ya era poco mantener a sus tres hijos, parejas, ex parejas, nietos, etc... habría que aumentar el presupuesto un buen trozo para dar cobijo a sus vástagos pre matrimoniales y resarcirlos de los daños morales por el abandono y desprecio sufridos por su supuesto progenitor.

 

Les cuento más.... resulta que los denunciantes son un señor (hijo de una burguesa catalana con la que se enrolló el Rey mientras lo preparaba Franco para su futura carrera real) que fue dado en adopción y al que de mayor le contaron quién era su padre y cómo se llevaron a su madre a pasar unas vacaciones lejos de Gerona para que no se le notara la tripa. Luego el niño fue criado por terceros y cuando se hizo mayor y quiso conocer a su padre biológico se llevó el sorpresón de su vida. No es pa´ menos...

 

Mientras tanto, en Bélgica, una señora a la que su madre le había contado desde pequeña su verdadero origen pero sin tener modo alguno de probarlo, se entera de la noticia de que hay un español que asegura ser hijo de Don Juan Carlos, y total, que se ponen en contacto. Si la historia era cierta, entonces ambos debían compartir ADN.... y van y se hacen unas pruebas en el laboratorio más prestigioso de Bélgica y les confirman que ambos son hijos del mismo padre ya que este ADN coincide en un 91%...

 

Continúa leyendo en el blog Scenarios

 

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Octubre 26, 2012 02:16 PM

Juan García Luján

 

"Veamos camaradas: ¿cuál es la realidad de esta vida nuestra? Mirémosla de frente: nuestras vidas son miserables, laboriosas y cortas. Nacemos, nos suministran la comida necesaria para mantenernos y a aquellos de nosotros capaces de hacerlo nos obligan a trabajar hasta el último aliento de nuestras fuerzas; y en el preciso instante en que nuestra utilidad ha terminado, nos matan con una crueldad espantosa.

 

Pero ¿es eso realmente parte del orden de la naturaleza? ¿Es acaso porque esta tierra nuestra es tan pobre que no puede proporcionar una vida decorosa a todos sus habitantes? No, camaradas; mil veces no. El suelo de Inglaterra es fértil, su clima es bueno; es capaz de dar comida en abundancia a una cantidad mucho mayor de animales que la que actualmente la habita. Solamente nuestra granja puede mantener una docena de caballos, veinte vacas, centenares de ovejas; y todos ellos viviendo con una comodidad y dignidad que en estos momentos están casi fuera del alcance de nuestra imaginación.

 

¿Por qué, entonces, continuamos en esta mísera condición? Porque los seres humanos nos arrebatan casi todo el fruto de nuestro trabajo. Ahí está, camaradas, la solución de todos nuestros problemas. Está todo involucrado en una sola palabra: Hombre. El Hombre es el único enemigo real que tenemos. Quitad al Hombre de la escena y el motivo originario de nuestra hambre y exceso de trabajo será abolido para siempre."

George Orwell

 

Donde usted lee "Inglaterra" diga "Canarias", donde usted lee "Hombre" ponga "Mariano Rajoy" o "Soria". Y ya tenemos el guión de la novela de Orwell adaptado a este momento histórico que vivimos en estas islas ultraperiféricas. Sólo que en esta granja no hay animales tan variados, ni cerdos tan espabilados, ni caballos con la fuerza y valentía de Boxer y Clover. Algún cuervo amaestrado sí podría aparecer en la fotografía o algún cerdo soñador tipo Beauty. Quizá el burro Benjamín, callado y astuto que no se sabe si apoya la rebelión en la granja o prefiere la paz de los cementerios.

 

En esta granja ultraperiférica sobran voluntarios para leer los mandamientos, para escucharlos y obederlos: yo recorto aquí, yo recorto allá, yo cumplo con lo que me mandas, yo no gasto más…Y para prometer que seguirán por el mismo camino: yo respetaré la fecha, yo cumpliré tus números.

 

No estamos ante una rebelión organizada. Aquí no se improvisa para aprovechar que el viejo Jones está pegado a la botella. El viejo Jones bebe orujo gallego, pero está despierto y jodiendo a todo el mundo. A unos más que a otros, es verdad. Y entre los unos está esta granja ultraperiférica en la que vivimos, esta granja que lleva décadas de maltrato exterior e interior. Porque el exterior (Madrid) siempre se ha apoyado en los cabecillas de la granja isleña. Rosas y gaviotas han aprobado más de 30 presupuestos del Estado en los que el Régimen Fiscal de las islas era papel mojado. Lo hicieron con mayorías absolutas, y lo hicieron con el apoyo coalicionero cuando no tenían el rodillo parlamentario.

 

Da la impresión que alguna gaviota voló desde Moncloa a esta granja ultraperiférica a tachar los mandamientos para resumirlos en uno: "TODOS LOS ANIMALES SON IGUALES, PERO ALGUNOS SON MÁS IGUALES QUE OTROS". En eso tiene razón el Mencey. Pero lo que más se ve por aquí, y también nos parecemos en esto a la granja de Orwell, son propagandistas dispuestos a gritar: "Napoléon siempre tiene la razón". Pero tengo la impresión de que cada vez quedan menos animalitos para repetir el grito de los pelotas. Porque los animalitos de esta granja no son pajaritos enjaulados que cuida un Mencey solidario. Los animalitos de esta granja son un pueblo castigado por un modelo económico, político y social hecho de espaldas a este pueblo. La única vez que le consultaron (referéndum de la OTAN) no hicieron ni puñetero caso al resultado. El resto ha sido un continuo rodillo parlamentario sobre iniciativas legislativas populares, una burla a moratorias turísticas que se incumplieron con nocturnidad y alevosía por los partidos que las votaron, una imposición de modelo de organización del territorio y energético pensado sólo para satisfacer los intereses cortoplacistas de los constructores que patrocinaban sus campañas electorales.

 

Que lo que ocurre ahora es más grave que lo que ha ocurrido siempre. De acuerdo. Pero la solución no puede ser esta rebelión de mansos que en realidad es una declaración de guerra sin armas, de rebeldía con obediencia, de frases vacías como "el gobierno canario se planta ante el Estado" subordinadas a "cumpliremos los objetivos del déficit que manda Madrid, como hemos hecho hasta ahora, respetaremos las fechas de aprobación de presupuestos". No se puede declarar la guerra y la obediencia a los mandamientos del enemigo en el mismo minuto, porque suena a la guerra de Gila.

 

Los patrocinados del régimen nos dibujarán una rebelión histórica, aprovecharan sus medios o las redes sociales para decirnos que desde que se riscó Bentejuí al grito de Atis Tirma o se puso en huelga de hambre Tanausú camino de la Metrópolis, no se había visto nada igual en Bananaria a esta rebelión del Mencey Paulino I del Sauzal. Pero la gente mínimamente informada aguantará la risa si depende de una subvención, se descojonará con discreción o en alto, dependiendo del sitio donde se encuentre. Y las ovejitas repetirán "Napoleón siempre tiene la razón", intentarán machacar a los que nos descojonemos o simplemente respirarán aliviadas porque pueden ver la telenovela cuando el Mencey se calla después de permitir sólo dos preguntas a los periodistas. Terminó la función.

 

Entrada original en Somos Nadie.

 

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Octubre 26, 2012 01:44 PM

Antonio Pastor

 

Un viejo axioma nos dice que generalmente podemos clasificar a la gente en tres categorías: Unos pocos hacen que las cosas sucedan; unos cuantos más observan cómo suceden las cosas, y la mayoría que ni siquiera sabe lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Podríamos no estar de acuerdo en cuáles son las causas sobre que las cosas sucedan. O no estar de acuerdo sobre qué hacer con respecto a lo que sucede. Ni tan siquiera sobre si nos gusta o no lo que está sucediendo.

 

Pero tenemos que coincidir en que algo definible está sucediendo y ese algo, desde luego, es el cambio. Sin embargo, en la actualidad un cambio no es nada nuevo. De hecho, lo que nos preocupa más no es en realidad el cambio en sí mismo, sino el ritmo del cambio. Y la forma en que reaccionemos a este ritmo de cambios; que tropiezan, proliferan, o se aceleran; dice mucho acerca de la forma en que cada uno de nosotros sabrá tocar su melodía en los años venideros.

 

Uno de los decanos en psicología humanística escribió lo siguiente acerca del ritmo del cambio: "El problema más grande al que el hombre se enfrentará en el futuro no es una guerra nuclear, por temible que sea. No es la explosión demográfica, por terribles que sean sus consecuencias. Al contrario, es un problema que rara vez se menciona o se discute. La pregunta es: ¿Cuánto cambio puede el ser humano aceptar, absorber y asimilar y a qué ritmo puede hacerlo? ¿Puede mantener el paso con el ritmo cada vez más trepidante en los cambios tecnológicos, climatológicos, o llegará un punto en que el organismo humano se desplome?"

 

Dicho de otra manera, alguien está cambiando la música con mayor rapidez de lo que podemos tocarla. Tocar nuestra música con tal celeridad puede hacernos caer del tejado en un instante. ¿Podemos cambiar? ¿Cambiará la política, de este Gobierno Canario? ¿Sigue siendo el gobierno que nos alagó con mentiras, obligándonos a saciar el hambre en los contenedores, tocar la pobreza, y la indigencia de nuestras familias para afinar de nuevo su partitura? Así pues, ¿qué podemos hacer? Esperar. Esperar a que un pequeño partido siga negociando; con el otro, el repudiado durante años; por un salario, por conveniencia, pero sin dar respuestas a  una sociedad, la canaria, sin esperanza de vida.

 

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Octubre 24, 2012 01:53 PM

Cristóbal Peñate

 

La tele no dio el partido de la selección española de fútbol contra Bielorrusia y no pasó nada. No hubo muertos. Con televisión, solo empató contra Francia. Es preferible ganar sin televisión que empatar con ella. Los patriotas de hojalata que jalean a Wert son los que pitaron irrespetuosamente al himno francés.

 

No es de extrañar en un país en el que la gente sale a la calle cabreada pidiendo la dimisión del gobierno en peso y tampoco ocurre nada. Al menos mientras haya pan y circo. Incluso sin pan. Bastan las tortas.

 

Mientras el ministro de Educación se ocupa de españolizar a los niños catalanes, el de Industria torpedea las energías renovables y las desaladoras en su tierra. Mientras la gente se entretiene en averiguar si son galgos o podencos, cuando menos lo espere un perro de presa canario le muerde el culo.

 

El ex ministro Cascos fue el que, por mor de una disputa empresarial sobre los derechos audiovisuales del fútbol, dictó que los partidos se considerasen de interés general, como las corridas de toros en la época gris del nodo, un tiempo en blanco y negro donde se utilizaba el fútbol y el foso taurino para desviar la atención y tapar las vergüenzas patrias a la vez que se enseñaba con orgullo la sangrienta fiesta a la que algunos descerebrados llaman nacional.

 

Antes había partidos de fútbol imperdibles y para eso estaba la televisión. Pero la televisión funciona con unos parámetros mercantilistas, si exceptuamos la pública, que actúa con consignas partidistas que tratan de ocultar y sustituir el interés público general.

 

La televisión manipula hasta en la información meteorológica. Un día te dice que va a llover, coges el paraguas y luego solo te sirve de sombrilla porque hace un sol que te torras.

 

Ya no digo nada de la información deportiva. ¿Alguien podría explicar por qué la tele pública canaria antepone siempre el fútbol al baloncesto a pesar de que en éste hay dos equipos en primera categoría mientras que aquél solo cuenta con equipos en segundo y tercer nivel? La UD Las Palmas y el CD Tenerife abren el espacio, pero el Granca y el Canarias de Baloncesto, que están en la ACB, están relegados y no salen en los titulares.

 

Es lo que les pasa a algunos paisanos, que además de aplatanados están acomplejados.  El día en que Paulino Rivero no escriba en su blog su amigo Willy suspenderá el telenoticias del fin de semana. Como cuando había carta de ajuste y nodo. Perdonen la interrupción, permanezcan atentos a la pantalla.

 

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Octubre 24, 2012 11:06 AM

Nicolás Guerra Aguiar

 

Mi punto de partida son los resultados de las elecciones celebradas el pasado domingo en Galicia (más España por el triunfo del PP) y en el País Vasco (la aplastante victoria del PNV y BILDU lo hace hoy más Euzkadi, aunque incompleto, pues debe "recuperar" Navarra y algunos territorios franceses según el nacionalismo vasco de su fundador, Sabino Arana). Y si las cosas no cambian con giros de 180º, en noviembre tendrá el Gobierno de Madrid otro gran problema encima, aparte de aquellos que ya lo definen y amordazan (la gran limitación intelectual de algunos señores ministros; los excesos verbales -ideológicamente definidores- de otros, el de Educación, por ejemplo; los peligrosos posicionamientos de ministerios como Justicia e Interior, aparentes reductores de libertades…). Y esa grande y compleja dificultad le llegará el próximo mes cuando los catalanes, con el voto de gran parte de la mayoría silenciosa, elijan un Parlamento y, por ende, un Gobierno claramente independentista.

 

Por lo que a Galicia respecta, en apariencia fue un triunfo del PP, sin más. El Gobierno del señor Rajoy miraba aquel plebiscito como un examen a su política de restricciones sociales y recortes en educación, sanidad… Vencer en Galicia significaría el visto bueno de los gallegos a Madrid. Por tanto, el apoyo moral de una región tradicionalmente muy conservadora y fiel votante. Sin embargo, para otros el triunfo fue ganado a pulso por el señor Feijoo, hombre respetado y admirado por sus paisanos que a lo largo de cuatro años consiguió ampliar su confianza. Y aunque bien es cierto que con habilidad y pericia centró la campaña en sí mismo y no en la incómoda presencia del señor Rajoy, él defiende y pregona que fue un triunfo del Partido, honestidad y fidelidad aplaudibles. En definitiva: haya sido por él o por el PP, los felicito en cuanto que se hicieron depositarios de la voluntad ciudadana, esencia del sistema democrático.

 

Pero sin menoscabo de su triunfo indiscutible, también es cierto que el PSOE no acudió a las urnas ni con el mejor candidato –un oscuro militante pusilánime, monocorde, sin ideas ni capacidad de encantamiento- ni en sus mejores momentos, más bien en sentido contrario: el PSOE del señor Rubalcaba  se hunde en desatinos y desorientaciones ("una situación muy grave, la peor en 35 años", sentencia el señor López Aguilar); perdida ya su identidad socialista, pacta con nacionalistas gallegos, con el PP, con CC, con IU, con NC…, es el reparto del poder.

 

Por lo que a Euzkadi se refiere, la cosa está clara: más de la mitad de los votantes eligió nacionalismo, y aunque los nacionalistas conservadores (los todopoderosos empresarios) perdieron algunos miles de votos, la irrupción de BILDU -dicen que la nueva Herri Batasuna, la supuesta conformación política de ETA- fue impactante, rompió equilibrios. (Victoria de aquella agrupación, BILDU, que nada satisfizo al PP, a uno de cuyos dirigentes le noté la noche del domingo un aparente reproche al Tribunal Constitucional por su legalización.)

 

Y aunque no debemos dejarnos llevar por los discursos de las campañas electorales, tampoco podemos obviar algo claro y definitivo: el pueblo acaba de darle un toque al PNV con la pérdida de tres parlamentarios y la multiplicadora ascensión de BILDU. Es decir, si el PNV no dirige sus políticas y acciones hacia una aún lejana independencia de Euzkadi, los vascos le reclamarán responsabilidades en las siguientes elecciones a lo largo de un tiempo más o menos corto, y ya el PNV conoce la impotencia de ser oposición ante mayorías definidas. Otra cosa bien distinta es que consiga su independencia de hoy para mañana, o pasado mañana: serenas y desapasionadas lecturas de la realidad -a veces marcada por circunstancias insalvables- se impondrán antes que desbocados discursos cargados de desatinos. Pero la marcha ha comenzado. Y ETA ni se ha disuelto ni ha pedido perdón. (¿Por qué, oh Dios, tantos crímenes?)

 

También aquí el PSOE navega sin rumbo, desorientado, desmoralizado. No fue del todo responsabilidad del lehendakari en funciones, el señor López, en absoluto. Cuando el aliado -PP- rompe el pacto de Gobierno, si se es decente y se tienen principios éticos y respeto a la democracia lo único que se puede hacer un político serio es adelantar las elecciones, tal hizo el señor López, aun a sabiendas de que no era el mejor momento para su partido. Pero el señor López  -tengo esa impresión- es un hombre juicioso, sensato, nada identificado con el poder. Llegó a defender políticas sociales que ya desaparecen desde Madrid y en otras comunidades. Y la fidelidad a su partido le impuso la hecatombe.

 

Pero también el PP vasco se hunde. Por más que su candidato hable de firmeza, la realidad es diáfana. Porque a la circunstancia de un arrollador nacionalismo podemos añadir otros considerandos cuales son, por ejemplo, las nefastas políticas económico-sociales llevadas a cabo por Madrid (señores Zapatero y Rajoy), la consideración de que ambos partidos (PSOE-PP) son españolistas, que ellos tienen las llaves de las prisiones… Pero, sobre todo, porque está aflorando –y su vecino catalán es un aliciente, y Escocia sensibiliza- un sentimiento ajeno a lo español, aunque no de odio, ojeriza o aborrecimiento.

 

Por eso el PP se centró en Galicia, su feudo, su bandera, su idiosincrasia, su alter ego. Y por eso se siente triunfador, porque aumentó su voto. Pero es curioso: no siente en absoluto el desastre, el caos en Euzkadi. Parece como si fuera consciente de que aquella tierra le es ajena, quizás indiferente, o a lo peor piensa que sus habitantes lo miran como al extranjero, al extraño que nunca llegará a identificarse con ella. Por eso me llama la atención: cantan hasta el éxtasis la victoria en Galicia pero muestran indiferencia ante su realidad en Euzkadi. Qué cosas.

 

nicolasguerraaguiar@gmail.com

 

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